Jueves, 13 Diciembre 2018
    • Escuela GESTALT VIVA

      "Escuela Claudio Naranjo Argentina" Formación Internacional. Inicia Abril 2019.

    • Psicología de los eneatipos

      Descubrí y trabajá con los rasgos centrales de tu personalidad

    • MINDFULNESS

      Conocerse aqui y ahora

 

 

 CONCEPCIONES DEL YO  ¿ALGO NUEVO BAJO EL SOL

Artículo escrito por el Dr. Diego Minck Planner

publicado en la revista Psiquiatria, de editorial Sciens N 9.




“Yo” -incluso al interior del Psicoanálisis-  se dice de muchas maneras

          Se llama a veces “yo”, en un sentido muy restringido, a una entre las instancias que integran el aparato psíquico. La responsable, precisamente, de las restricciones y las clausuras. Identificada a veces y en parte -aunque no necesaria y completamente- con la auto-conciencia. Así, por caso, en la segunda hipótesis tópica de Freud, se puede imaginar un yo en conflicto e interacción con otras instancias intrapsíquicas como las llamadas “ello” y “super yó”. El propio Freud da cuenta del carácter un poco reiterado de esta constelación, al decir en “El yo y el ello”:

“… ya dijimos repetidamente que el yo se forma en buena parte desde identificaciones que toman el relevo de investiduras del ello, resignadas; que las primeras de estas identificaciones se comportan regularmente como una instancia particular dentro del yo, se contraponen al yo como superyó ...”[1]

          Lo que esta en juego en la hipótesis freudiana es la reducción del yo a una mera instancia entre otras dentro de la formación psíquica, un subsistema. Pero en ocasiones se llama, en cambio, “yo”, en un sentido mas lato, a la globalidad de la persona. Al hablar, por ejemplo, Winnicott o Kohut de lo que ellos llaman “self” (traducido como si-mismo), aluden no ya a una instancia concebida dentro de un cierto modelo, sino más bien a una experiencia de la propia integridad, sin escisión, sin cortes. Más técnicamente, podría hablarse en este segundo sentido de la palabra “yo”, de una acepción menos metapsicológica:

          “Las nociones de self, por un lado, y de yo, superyó y ello, por otro lado, así como las de la personalidad e identidad, son abstracciones que pertenecen  a diferentes niveles de la formación de conceptos. Yo, ello y superyó son en psicoanálisis los constituyentes de una abstracción específica de alto nivel o sea alejada de la experiencia: el aparato psíquico. (...) el self emerge de la situación psicoanalítica y se conceptualiza, bajo una modalidad de una abstracción psicoanalítica de nivel comparativamente bajo o sea próxima a la experiencia…”[2]

          Y todavía en un tercer tipo de aproximaciones -entre las que cabria mencionar el psicoanálisis existencial de Sartre- se utiliza la palabra “yo”, seguida a veces del adjetivo “trascendental”, para aludir mucho mas ampliamente, a una sustancia todavía mas originaria y absoluta, incondicionada incluso, abierta al “ser” de las consideraciones, no ya psicológicas o metapsicológicas, sino filosóficas y -mas precisamente- humanistas y existencialistas.

          “El principio de este psicoanálisis es que el hombre es una totalidad y no una colección. (…) La reflexión esta penetrada de una gran luz, sin poder expresar lo que esta luz ilumina. No se trata de un enigma no adivinado, como lo creen los freudianos: todo esta ahí, luminoso; la reflexión todo lo disfruta, todo lo capta. Pero ese <<misterio a plena luz>> proviene más bien de que ese disfrute esta privado de los medios que ordinariamente permiten el análisis y la conceptualización. Lo capta todo, todo a la vez, sin sombra, sin relieve, sin relación de magnitud: no porque esas sombras valores y relieves existan en alguna parte y le estén ocultos, sino mas bien porque a otra actitud humana pertenece el establecerlos, y no podrían existir sino por y para el conocimiento.”[3]


Otra discusión psicoanalítica

          Esta serie de variaciones podría pensarse como otras tantas representaciones del yo bajo un nivel de conceptualización y abstracción decreciente; que tendría su punto mas alto en la hipótesis freudiana, una bisagra en autores como Kohut, y un grado cero -que se pretende casi ayuno de análisis y conceptualización- en Sartre, como si de una captación o una experiencia inmediata se tratara. Claro esta: Esta serie es apenas una entre muchas que podrían orientar un mapa del vasto territorio de la investigación psicoanalítica. Como ejemplo de otro punto de vista, cabria mencionar acaso la tensión existente aun hoy entre un psicoanálisis francés, Lacaniano, que reduce al mínimo la relevancia y la supuesta centralidad del yo, considerándolo un reducto meramente imaginario, y una tradición norteamericana, identificada con la ego-psychology, que pone precisamente allí su centro.[4]

         Resumiendo la posición de la escuela encabezada por Heinz Hartmann,  Rudolph Loewenstein y Ernst Kris,  Harry Guntrip, en su "Schizoid Phenomena, Object Relations and the Self", sostiene:

“La teoría psicoanalítica pareció durante mucho tiempo la exploración de un círculo que no tenía un centro claro, hasta que la psicología del ego halló el camino. La exploración tuvo que comenzar con fenómenos peri­féricos: comportamiento, estados de ánimo, síntomas, conflictos, «mecanismos mentales», impulsos eróticos, agresión, miedos, culpa, estados psicóticos y psiconeuróticos, instintos e impulsos, zonas erógenas, etapas de maduración, etc. Naturalmente, todo ello es importante y debe tener un lugar en la teoría global, pero, de hecho, es secundario con res­pecto a un factor absolutamente fundamental, que es el 'núcleo' de la 'persona como tal'”.[5]

          Y es precisamente contra ese intento de establecer un núcleo egológico que Jacques Lacan  se rebela, basándose según sus propias palabras en investigaciones propias y de Daniel Lagache. Una cita en claro antagonismo con la anterior, tomada de “La dirección de la cura y los principios de su poder”, permitirá ilustrar el punto:

          “Se concibe que para apoyar una concepción tan evidentemente precaria algunos de ultramar hayan sentido la necesidad de introducir en ella, un patrón de la medida de lo real: es el ego autónomo. Es el conjunto que se supone organizado de las funciones mas dispares para prestar su apoyo al sentimiento de lo innato del sujeto. Se lo considera autónomo por el hecho de que se supone que esta al abrigo de los conflictos de la persona (non conflictual sphere). Se reconoce aquí un espejismo trasnochado que la psicología de la introspección más académica había rechazado ya como insostenible. Esa regresión es celebrada sin embargo como un retorno al redil de la psicología general.”[6]

         

          Y lo cierto es que ya tempranamente, en “El Estadio del espejo”, Lacan había intentado situar  “la instancia del yo aun desde antes de su determinación social, en una línea de ficción, irreducible para siempre por el individuo solo; o mas bien, que solo asintóticamente tocara el devenir del sujeto, cualquiera que sea el éxito de la síntesis dialécticas por medio de las cuales tiene que resolver en cuanto yo [je] su discordancia con respecto a su propia realidad”. Y en ese contexto se había referido a la “destinación alienante” de esa instancia psíquica y a “las correspondencias que unen el yo [je] a la estatua en que el hombre se proyecta como a los fantasmas que lo dominan, al autómata, en fin, en el cual, en una relación ambigua, tiende a redondearse el mundo de su fabricación.”

Breve digresión sobre lo que podría estar condicionando una discusión psicoanalítica

           Se ve en este caso un tipo de problema que puede ser importante destacar: Pensar, como Lacan, que el sujeto es solo de inconciente, es desestimar al yo del paciente a la hora de establecer un vínculo terapéutico.  Puede decirse que, en este sentido, el punto de vista lacaniano sea el menos “dialógico” o “empático” de entre los modelos de psicoterapia y el menos atento a  que el yo no es solo agente de desconocimiento y la posibilidad que el vinculo terapéutico sea, en si mismo, ya reparador. Podríamos reducir la empatía a solo un fenómeno imaginario que se interpondría al oro del análisis? Pero emana de esto un interés especial para el estudio de las condiciones bajo las cuales las características neuróticas -no vistas o no analizadas- de los autores, al generalizarse, tiñen sus teorías y sus prácticas. Lo que resulta a veces en un fenómeno grupal mas básico y mas vasto, que también afecta a las salud mental, cuando estas generalizaciones terminan coaguladas en las asociaciones parroquiales y gremiales de modo que lo epistemofílico queda en segundo plano respecto del poder instituido. Cerrazón teórica que -cualquiera sea su sesgo especifico, el lacanismo no tiene en esto ninguna exclusividad- suele terminar unitariamente desbordada por una clínica que reclama apertura y creatividad.


          Ha sido dicho que el psicoanálisis crece en sus bordes, es decir, con los pacientes mas graves. Y acaso esto sea así, precisamente, porque en esos casos limite es donde se necesita realizar una epoge del cuerpo teórico al que habitualmente se recurre y legitimar las intervenciones singulares y muy difíciles de explicar o generalizar y protocolizar, intervenciones propias de un vinculo en un momento.

         Es como si en algunos casos, la actitud propiamente terapéutica consistiera casi en un “dejarse llevar”, soltando -como quien dice- el control, reflexionando luego a donde se ha ido; abandonando la posición desde la cual se realizan los diagnósticos y los pronósticos. Acaso originalmente la concepción freudiana de la experiencia terapéutica animada por la asociación libre acompañada de una atención flotante remitiera a esta necesidad de llamar a los prejuicios y los imperativos a su necesaria modestia, y de poner la teoría en el plano secundario que le corresponde en tanto que reflexión a partir de la experiencia. Al cabo, no es este el momento, ni el lugar de emprender semejante recorrido, basta con mencionarlo como posible y atractivo.

         Volvamos si a aquello que podría denominarse “la fidelidad al espíritu de los maestros mas que a su letra (que pertenece tal vez a otros estadios del conocimiento, a otros contextos). Es relevante en este sentido una anécdota de otro campo psicoanalítico tan ajeno al lacanismo como la ego-psychology: Donald Winnicott, con toda la admiración y el respeto que le inspirara Melanie Klein, no la acompaño hasta su postulado de última hora acerca de la envidia como innata y se preocupaba por el incipiente anquilosamiento doctrinal de esta fecunda autora.[7]

        Claro que en ese caso no se entremezclaba solamente la prevalencia de rasgo del investigador si no también el tipo de pacientes con los que trabajo como terapeuta. Y hay que decir también que necesariamente se teorizará de una manera a partir de niños con psicosis graves, y de otra -por ejemplo- a partir de jóvenes “tímidos” iniciando sus estudios universitarios (Kohut). Del mismo modo que no es de extrañar que un grupo de inmigrantes que llega, huyendo de la persecución, a una cultura “exitista”, enfatizara los aspectos adaptatívos y no conflictuales del yo. O que un burgués, intelectual y culto, acomodado en Paris en pleno auge de la lingüística, pudiera releer el psicoanálisis  desde una perspectiva estructuralista (aunque después lo negara) complejizándolo con conceptos tan originales e intuitivos transmitidos a veces en forma  innecesariamente hermética. Entre estos solamente enumeramos algunos: los tres registros: simbólico, imaginario y lo real, el carácter estructurante de la falta, los aspectos imaginarios y simbólicos de la transferencia, el objeto a, su relectura del complejo de Edipo, el atravesamiento de fantasma como momento del proceso para el fin de análisis.[8]

         Cerrando este catalogo de instancias condicionantes para la conceptualización psicoanalítica, hay que resaltar una que no es ni personal, ni institucional, ni contextual sino, más generalmente, disciplinar y hasta cultural: Hasta ahora, siempre se ha pensado el modelo de aparato psíquico a partir de la psicopatología y nunca desde la salud mental (por compleja que sea su definición o aprehensión). El análisis de esos casos graves sugiere una captación muy negativa de la naturaleza humana, de la que emanan términos como “perverso polimorfo”, “envidia del pene”, “castración”, “sadismo primario”, “odio primario”, “represión lograda”.

         Esto último parece poner en evidencia todavía otra dificultad: A pesar de su apertura incuestionable hacia el interior de lo que hasta entonces no había sido sino una caja negra, la investigación freudiana no pudo librarse de una doble determinación presente en la disciplina de la investigación médica. Prevalecen en el aparato psíquico no solo los resabios del positivismo de la escuela anatomoclínica alemana, sino también -lisa y llanamente- los de toda una cultura del orden patriarcal sobre la sociedad y sus miembros, con todos los excesos y problemas que esto a su vez engendra. Una maquinaria entera de “represión excedente” -por parafrasear a Herbert Marcuse[9]- que gozaría de mucho menor prestigio bajo una antropología positiva como la de Jean Jacques Rousseau, o como la que hoy traen del lejano oriente investigadores como Francois Jullien. Pero en fin, aprovechemos esta “línea de fuga” para dejar por el momento las disputas intrapsicoanalíticas para llevar brevemente la discusión a un terreno un poco mas universal.


El origen de la complejidad

         Volviendo a la polisemia de la palabra “yo”, hay que decir que probablemente se base en la complejidad del problema que trae consigo, problema que atraviesa diferentes planos… pero antes de esbozar siquiera un recorrido a través de esos planos, cabe una aclaración: Hablar del “yo”, en cualquiera de sus acepciones, no siempre fue tan importante, ni tan frecuente como es hoy en día. Durante siglos, milenios incluso, la preocupación por esa realidad tan propia, tan personal, fue relegada por consideraciones entonces más urgentes como las de la divinidad y la trascendencia. En el contexto impuesto por las grandes religiones monoteístas, cualquier preocupación “yoica” debe ser estimada como muy menor, en relación a los asuntos vinculados a Dios y a la fe. Incluso antes de la emergencia de la “verdad revelada” en las religiones del libro, muchas religiones tradicionales, y la de los antiguos Griegos entre ellas, atribuyeron tal fuerza a moiras y destinos, que acabaron por reducir a su mínima expresión esta potencia individual[10].

          Fue recién en el contexto de nuestra primera revolución científica, en los albores de la era así llamada “moderna”, que el “yo” empezó a ganar la preponderancia de la que goza ahora. Es habitual pensar en Rene Descartes como símbolo de esa transición. Y lo cierto es que fue el y no otro quien por primera ves dijo cosas tales como esta:

         “Yo soy, yo existo; pero cuanto tiempo? El tiempo que pienso; porque si yo cesara de pensar, en el mismo momento dejaría de existir. Nada quiero admitir, si no es necesariamente verdadero. Hablando con precisión, no soy mas que una cosa que piensa, es decir un espíritu, un entendimiento, una razón, términos que antes me eran desconocidos. Luego soy una cosa verdadera y verdaderamente existente; pero que cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa. Y que mas? Excitare mi imaginación para ver si soy algo más. No soy ese conjunto de miembros llamado cuerpo humano, no soy una aire desleído y penetrante extendido por todos aquellos miembros; no soy un viento, un soplo, un vapor, ni nada de lo que yo pueda imaginarme porque he supuesto que todo es dudoso. Sin dejar de suponerlo he hallado que hay algo cierto: que yo soy algo.”[11]


Inmaterial o corpóreo? Alternativas empiristas.

          Esta temprana, primera incluso, aproximación cartesiana al problema del yo ha sido, claro, discutida una y mil veces. De una parte, y aun en vida del propio Descartes, empiristas ingleses, comenzando por Thomas Hobbes y su heredero John Locke, pusieron en jaque al racionalismo cartesiano al considerar infundada su creencia en la incorporalidad del yo. Intentaron dar el mentis a la formula según la cual “no soy ese conjunto de miembros llamado cuerpo humano”, para insistir en la posibilidad de que ese “yo” que piensa y existe, sea el mismo un cuerpo o mas precisamente un sistema nervioso o un cerebro. En una línea que haría fortuna, eventualmente, entre los investigadores neurocientíficos, el propio Hobbes objetaría a las meditaciones metafísicas de la siguiente manera:

          “Podría ser, que la cosa pensante sea lo que esta por debajo de la mente, la razón o el entendimiento como su sustrato, y que entonces sea algo corpóreo. El Sr. Descartes asume sin prueba que no es corpórea. Y sin embargo la conclusión que parece querer establecer depende de esta inferencia.”[12]



Individual o intersubjetivo? Alternativas idealistas.

          Objeciones de otro tipo, surgieron mas tarde en el seno de otra escuela filosófica, conocida habitualmente como idealismo alemán. Iniciada por Immanuel Kant, esta corriente atacaba, no tanto la inmaterialidad del yo cartesiano, como su individualidad. Oponia Kant un “yo trascendental” -universal y transpersonal- al “yo empírico” que aparece en cada uno de nosotros en cada caso, y no sería mas que un fenómeno, una representación individual, delegada respecto de esa realidad mas general y colectiva. Y el más célebre de sus continuadores, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, llevaría hasta el límite esa tendencia a “colectivizar” el yo a través de una Fenomenología del Espíritu que concluiría:

       “Vendrá para la conciencia la experiencia de lo que el espíritu es, esta sustancia absoluta que, en la perfecta libertad e independencia de su contraposición, es decir, de distintas conciencias de si que son para si, es la unidad de las mismas: el yo es nosotros y el nosotros el yo.”[13]

Libre o determinado? Alternativas irracionalistas.

          Y todavía una tercera serie de cuestionamientos al concepto del yo producido por Descartes, surgiría entre autores mas recientes, de tendencia irracionalista, encabezados por Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche. Para estos, el problema del yo no sería tanto el de su incorporalidad o el de su individualidad, como el de su autonomía y preeminencia. Así se expresa Nietzsche en uno de los fragmentos de Mas allá del bien y del mal:

         “No me cansare nunca de poner en relieve un hecho que estos espíritus supersticiosos confiesan de mala gana; quiero decir que un pensamiento viene cuando <<el>> quiere, no cuando <<yo>> quiero; de tal manera que seria falsear la verdad del hecho asegurar que el sujeto <<yo>> es la condición del predicado <<pienso>>. <<Ello, piensa>>; pero que este <<ello>> deba ser el famoso antiguo <<yo>>, no es mas que una suposición, una afirmación gratuita, todo menos una <<certeza inmediata>>.”[14]

          Cada una de estas grandes alternativas al modelo originario sugerido por Descartes, puede entenderse como un esfuerzo por “abrir” el yo: Ya hacia el cuerpo y la materia, como en el caso del empirismo ingles; ya en dirección a la colectividad o a la intersubjetividad en el idealismo alemán; ya -finalmente, a partir del irracionalismo- en el sentido de fuerzas todavía inmateriales y singulares, pero ajenas tanto al <<yo>>, como a la conciencia, la razón y la autodeterminación.

          En paralelo a estas disputas filosóficas entre concepciones mas cerradas y concepciones mas abiertas, en una u otra dirección; Y en paralelo también a las disputas psicológicas o psicoanalíticas mencionadas antes, entre concepciones mas concretas y mas abstractas, mas complacientes o mas criticas, con respecto al problema del Yo; Cabria mencionar una tercera serie de disputas, cuyas consecuencias afectan incluso al sentido común: Toda referencia al Yo supone la consideración de algo que permanece y, al mismo tiempo, la consideración de algo que cambia. Seria ilícito pensar un Yo en el terreno de la pura variación y la pura alteridad, pero no seria menos ilícito pensarlo allí donde solo hubiera fijación e identidad. Y acaso en esta antinomia, la mas general, entre lo que permanece y lo que varia, este la clave para pensar las demás.

Una hipótesis para concluir

          Como hipótesis podría aventurarse que todos estos vectores contrapuestos: Concreto-abstracto, imaginario-real, espiritual-material, individual-colectivo, sujeto-sujetado, cerrado-abierto, se afirman al mismo tiempo en un juego que mejor seria llamar de yuxtaposición y no de contraposición, en el que no hay una dirección que tenga sentido sin las otras, y del que -por lo tanto- ninguna debe ser excluida. En su celebre “Antiedipo”, el filósofo Gilles Deleuze y el psicoanalista Felix Guattari afirmaron:

“… todo funciona al mismo tiempo, pero en los hiatos y las rupturas, las averias y los fallos, las intermitencias y los cortocircuitos, las distancias y las parcelaciones, en una suma que nunca reúne sus partes en un todo. (…) los cortes son productivos, e incluso son reuniones. Las disyunciones, en tanto que disyunciones, son inclusivas.”[15]

         En ese operador conceptual de la “disyunción inclusiva” -que mantiene la precisión y el rigor de las distinciones, pero sin excluir, sin descartar nada de lo distinto- se encuentre tal vez un interés de todo este recorrido para las psicoterapias. No se trata aquí, como es obvio, de una acumulación enciclopédica o academicista de diversas perspectivas psicoanalíticas y filosóficas en torno al yo. La motivación es práctica, pragmática e incluso clínica: Abandonar cualquiera de estas direcciones abiertas a la investigación, seria abandonar el territorio en el que podría estar la solución para nuestro próximo problema. Lo que esta en juego es el riesgo clínico, terapéutico, de excluir un punto de vista que pueda eventualmente aliviar un sufrimiento. Y conjurar ese riesgo implica mantener abierta la problemática del yo.

          Una intervención del psicoanalista Luis Hornstein[16], aunque acotada a un contexto más específico, marca el camino que proponemos recorrer:

“La oposición entre un yo-función propenso al adaptacionismo y un yo-representación condenado al desconocimiento es una falsa opción. Cómoda porque nos exime de construir una meta- psicología del yo que de cuenta de la duplicidad. Falsa porque esa duplicidad precisamente lo constituye. El que se enfrenten diversas concepciones del yo indica que una problemática freudiana no ha sido resuelta.”[17]

Lo mismo es cierto de cualquiera de las oposiciones que hasta aquí hemos reseñado, y de otras que aun se nos escapan: Son cómodas, porque cualquiera sea la opción que en ellas prefiramos nos veremos eximidos de dar cuenta de la duplicidad, o mejor, de la multiplicidad que obturan. Pero son falsas -practica, antes que teóricamente- porque reducen el campo de las intervenciones posibles, y ocultan el carácter afortunadamente irresoluble de una problemática que es, apenas en un sentido propiamente freudiana, y sobre todo humana, genérica, global. De esta lógica que incluye, sin por ello confundir o dejar de distinguir diferentes perspectivas, hay que decir que aunque recibe ahora y en los autores que recién citamos (Deleuze, Guattari, Hornstein) una teorizacion explicita, ha estado durante mucho tiempo implícita en la practica, mas o menos intuitiva, de muchos clínicos que no llegaron a teorizarla.

          Lo que, a partir de todo esto, puede señalarse como “nuevo bajo el sol”, no es un u otra manera de concebir el yo, sino una nueva manera de actuar que deja de lado la necesidad de pensar de una manera o de otra; y supone empezar a pensar de una y de otra manera. En función de un compromiso, no ya con la dilucidación de una supuesta verdad científica o psicológica, sino con la apertura a un vinculo terapéutico, donde las intervenciones no son en gran parte  deducidas de un teoría, sino de la elucidación de lo que pueda resultar más eficaz desde el punto de vista de la psicoterapia o la reparación emocional. Por presentes que el terapeuta tenga sus mapas, le es imposible, indeseable incluso, controlar todo lo que esta actuando en un vinculo, y lo que podría finalmente pero no linealmente producir en el paciente un apropiamiento de su potencia.  

          Que hay de nuevo entonces? Cuando menos, esperamos, un intento de abrir la teoría, de hacer inclusivo al pensamiento. Y no porque si, sino para que en la practica el terapeuta mantenga una actitud análogamente abierta, permeable. Para que pueda estar en contacto consigo mismo, con los pacientes, y con la complejidad de ese vinculo que entre ellos se establece, aun cuando esta echando manos a sus herramientas más técnicas. Y para que, más allá de los diagnósticos, las asimetrías, y las preconcepciones que conlleva, cada encuentro terapéutico, en su devenir, pudiera incluir lo inesperado. En los términos de un viejo proverbio árabe que reza: “el ego va en busca de lana y vuelve esquilado”. O como lo menciona en otro contexto Lía Ricón parafraseando a Heraclito de Efeso: “Buscar lo que se quiere encontrar impide ver lo que es totalmente nuevo”[18],








Bibliografía Citada

Deleuze, G. y Guattari, F. El Anti Edipo. Paidos, Barcelona, 1995.

Descartes, R. Meditaciones Metafísicas. Porrua, México, 1997.

Freud, S. El Yo y el Ello, en Obras Completas XIX. Amorrortu, Buenos Aires, 1999. Guntrip, H. S. Schizoid Phenomena, Object Relations and the Self. Internacional Universities Press, New York, 1968.

Hegel, G. W. F. Fenomenológía del Espíritu. Fondo de Cultura Económica, México, 1988.

Hobbes, T. Objeciones en Descartes, Rene Meditaciones Metafísicas. Porrua, México, 1997.

Hornstein, L. Narcisismo Paidos, Barcelona, 2001.

Kohut, H. Análisis del Self. Amorrortu, Buenos Aires, 2001.

Lacan, J. La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder, en Escritos II. Siglo XXI, Buenos Aires, 2008.

Nietzsche, F. Mas alla del Bien y del Mal. Libso, Madrid, 2001.

Ricon L. Psicoterapias pensadas a partir de lo posible. Polemos. Buenos Aires 2005.

Ricon, L. Podrían volver las diosas? Akadia, Buenos Aires 2007.

Sartre, J. P. El Ser y la Nada. Aguilar, Madrid, 1993.










[1] Freud, S. El Yo y el Ello, en Obras Completas XIX. Amorrortu, Buenos Aires, 1999. Pág. 21.


[2] Kohut, H. Análisis del Self. Amorrortu, Buenos Aires, 2001 Pág. 14.

[3] Sartre, J. P. El Ser y la Nada. Aguilar, Madrid, 1993 Pág. 595.

[4] Para un tratamiento detallado de esta disputa en particular, cabe referirse por caso a Green, A. El Trabajo de lo Negativo. Amorrortu, Buenos Aires, 1995: “Desde finales de la década del 1950, en Francia, todo lo que fuese reflexión sobre el yo quedo expuesto a ataques destinados a denigrar el discurso sobre este tópico, rápidamente considerado como mistificador y portador de una ideología normativa sospechosa de colusión política con el poder instalado. Se quiso acreditar la idea de un psicoanálisis reconciliado con  una psicosociología al servicio de una moral represiva, “perra guardiana” de un conformismo que colaboraría en el mantenimiento de al paz social necesaria para el desarrollo de las infamias del capitalismo. Las filipicas de la época contenían algo de verdad y mucho de mentira. Lo poco de verdad concernía a la pobreza teórica de las elaboraciones del psicoanálisis norteamericano conducido por Hartmann Así debemos pensar que la polémica había explotado ciertos peligros imaginarios para favorecer la difusión de otra teoría y disimular, tras esta pantalla de humo lacaniana, otras apuestas: el deseo  de adornar con quiméricas virtudes una disidencia cuyo éxito debía ser asegurado por la salvación que ofrecía a las almas en peligro de los psicoanalistas embaucados. La denuncia de una ideología, culpable sobre todo de indigencia teórica, consiguió jugar el juego  de  la defensa proclamando una verdadera interdicción de pensar en la problemática del yo como no fuera bajo  las directivas propuestas por Lacan. Ni siquiera así volvió a hacérselo. La intimidación tuvo éxito. En verdad si la empresa era desalentada, se debía a que amenzaba en su conjunto a la teorizacion lacaniana, como se demostró después con trabajos de ex lacanianos. Así hay que retomar el camino abandonado que conduce al yo, a sus relaciones con el sujeto, a su constitución heterogénea, a su duplicación inevitable. Volver sobre la sexualización del yo, reconocida desde Introducción del narcisismo y descuidada después.”

[5] Guntrip, H. S. Schizoid Phenomena, Object Relations and the Self. International Universities Press, New York, 1968 Pág. 37 (traducción propia del ingles original).

[6] Lacan, J. La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder, en Escritos II. Siglo XXI, Buenos Aires, 2008 Pág. 564.

[7] Carta de D. Winnicott  a Melanie Klein  con fecha 7 de noviembre de 1952
Estimada Melanie:
Quiero escribirle acerca de la reunión del viernes pasado, para tratar de convertir esto en algo constructivo. Lo primero es que puedo advertir cuán molesto resulta que cuando algo se desarrolla en mí por mi crecimiento y mi experiencia analítica, deseo expresarlo en mi propio lenguaje. Es molesto porque yo supongo que todo el mundo quiere hacer lo mismo, y en una sociedad científica uno de nuestros objetivos es encontrar un lenguaje común. Sin embargo, este lenguaje debe mantenerse vivo, ya que no hay nada peor que un lenguaje muerto.
He dicho que lo que estoy haciendo es molesto, pero también pienso que tiene su lado bueno. En primer lugar no hay muchas personas creativas en la Sociedad, con ideas personales y originales. Pienso que cualquiera que tenga ideas es realmente bienvenido….
Como verá, lo que me preocupa es algo que considero mucho más importante que este artículo mío. Me preocupa este modo de presentación que podría llamarse Kleiniana, y que a mi juicio es el verdadero perjuicio para la difusión de su obra. Sus ideas sólo perdurarán en tanto y cuanto sean redescubiertas y reformuladas por personas originales, dentro y fuera del movimiento psicoanalítico. Desde luego, es necesario que usted tenga un grupo en el cual pueda sentirse como en su casa. Todo autor original requiere un círculo en el que encuentre un lugar de descanso de las controversias y donde pueda sentirse cómodo. El peligro es, empero, que el círculo se desarrolle hasta convertirse en un sistema basado en la defensa de la posición ganada por el autor original, en este caso usted misma. Usted es la única capaz de destruir este lenguaje denominado doctrina kleiniana y kleinismo, y todo esto por un propósito constructivo…”


[8] Vease: Ricón L.  Las psicoterapias pensadas a partir de los posible, Polemos 2005. Pág 111.

[9] Véase especialmente Eros y Civilización Ariel, Barcelona, 1998, para una distinción fuerte entre la represión que podría considerarse “básica” para la vida civilizada y toda la represión “excedente” que esta genera.

[10] Entre los antiguos griegos cabe destacar la honrosa excepción de las escuelas del pensamiento helenistico (cínicos, estoicos, epicúreos) que -aun  perteneciendo a aquel contexto cultural- rescataron, de distintas maneras, la importancia de la individualidad y la personalidad.

[11] Descartes, R. Meditaciones Metafísicas. Porrua, México, 1997 Pág. 60.

[12] Hobbes, T. Objeciones en Descartes, Rene Meditaciones Metafísicas. Porrua, México, 1997 Pág. 112.

[13] Hegel, G. W. F. Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica, México, 1988 Pág. 113.

[14] Nietzsche, F. Mas allá del Bien y del Mal. Libso, Madrid, 2001 Pág. 34.

[15] Deleuze, G. y Guattari, F. El Anti Edipo. Paidos, Barcelona, 1995 Pág. 47.

[16] Es el propio Hornstein quien -inspirado acaso por la idea de una “caja de herramientas” teórica sugerida en su momento por Michel Foucault- resume el interés práctico y clínico de las concepciones que antes destacábamos al hablar de otros tantos “conceptos-herramienta”.

[17] Hornstein, L. Narcisismo Paidos, Barcelona, 2001 Pág. 153.

[18] El XVIII fragmento atribuido al filosofo presocrático reza: “Si no se espera lo inesperado no se lo hallará, porque lo inesperado es arduo y difícil.”